Las esquivas costas asuncenas

Escrito por: Mabel Causarano

Ilustrador: Paolo Herrera

En estos momentos, cuando la Avenida Costanera está en plena ejecución, pocos recuerdan el proyecto de la Franja Costera. Es más, son bastantes quienes identifican el emprendimiento vial con aquella propuesta de 1993, que, por primera vez en la historia urbana, observó a la Capital en su totalidad física y social, recuperó su condición peninsular y planteó hacer de las costas asuncenas el eje de desarrollo que habría transformado por completo la ciudad.

La década del 90 apenas comenzaba; un grupo de jóvenes, pocos de ellos políticos y la mayoría militantes de organizaciones estudiantiles antidictatoriales —Stroessner había caído un año antes—, decidió conformar un movimiento y competir por el gobierno de la ciudad. Eran las primeras elecciones municipales libres en la historia del país.

La ciudadanía asuncena les dio su confianza; por cinco años, el Movimiento Asunción para Todos gobernó la municipalidad más importante del Paraguay. El principal proyecto elaborado en ese lapso fue el “Plan Maestro para la Franja Costera de Asunción”, aunque cabe decir que su visibilidad mediática se habría potenciado durante los siguientes gobiernos, terminando por incorporarse al imaginario urbano y ser parte del lenguaje asunceno.

También por primera vez se pensó en un proyecto urbano de desarrollo enfocado integralmente, que comprendiera aspectos funcionales, sociales, ambientales, económicos e institucionales, la participación público–privada y la posibilidad de mejorar drásticamente la relación verde/habitante que, con sus actuales 3.5 m2, coloca a Asunción en posición de rezo con respecto a las principales ciudades latinoamericanas.

El Plan Maestro ofrecía la llegada a las costas desde cualquier punto de la ciudad y encontrar en ellas parques, muelles, barrios populares y zonas residenciales para estratos medios y altos, edificios de oficina, el Puerto reanimado y refuncionalizado y, desde luego, el borde costero equipado para ser recorrido con automóviles por una avenida diseñada con criterios paisajísticos, para una movilidad distendida y un tránsito liviano.

Durante años, la ejecución del plan estuvo varias veces a punto de iniciarse. Hubo estudios de factibilidad aprobados y hasta un crédito externo pronto para ser concedido. Pero no se llevaron a cabo; básicamente, por mezquindades políticas.

La tenacidad de algunos técnicos hizo que se arriaran las banderas del desarrollo costero. Surgieron propuestas de ajuste al Plan Maestro que lo transformaran en un conjunto de proyectos localizados en las costas, pensados como “piezas” de una estructura mayor, que habrían podido realizarse con cierta autonomía en cuanto a los tiempos de ejecución, los promotores y las fuentes de recursos. En sí, la idea es buena; es una visión pragmática, “posibilista”, que no abandona el sueño de una ciudad costera y va introduciendo cuñas para abrirla al río. El trazado actual de la Avenida Costanera respondería a este enfoque.

Pero no es lo mismo que proponía el Plan Maestro. La autonomía de las actuaciones, en ausencia de una autoridad de gestión que entienda la ciudad como totalidad y el desarrollo como proceso complejo, dinámico e integral puede incorporar lógicas muy distintas y hasta contradictorias; la estructura, pensada en principio como unitaria, se transformará entonces en un mosaico urbano, cuyos trozos no encajan en una representación coherente y cuyo funcionamiento termine reforzando las asimetrías y los desequilibrios que marcan la actual configuración de la ciudad. Y que, como suele ocurrir, los beneficios de las inversiones los capitalice exclusivamente el sector privado, que se sigue mostrando muy poco generoso con la ciudad.

¿Qué habría cambiado en Asunción si se hubiera llevado a cabo el Plan Maestro? Diversos aspectos: la cultura institucional de la municipalidad, la visión del desarrollo urbano y el sentido de la planificación, la cultura urbana y las prácticas cívicas, el liderazgo de la Capital en su sistema metropolitano.

Para la ejecución del Plan Maestro se habría creado la respectiva Agencia de Desarrollo, de carácter mixto, público–privado, inaugurándose así un estilo de gestión que rompería la inercia y neutralizaría las disfuncionalidades del sector público, imprimiendo dinamismo a los proyectos urbanos, generando espacios de diálogo y participación efectivos con los actores económicos y sociales, incorporando a las universidades y a la producción de conocimiento como insumos clave de la planificación de la ciudad.

El desarrollo urbano habría dejado de ser un concepto abstracto, básicamente técnico y, no pocas veces, retórico, para convertirse en un proceso con resultados tangibles, incluyentes, de buena factura y calidad. Y la planificación habría perdido —en buena parte, si no completamente— el halo de ejercicio estéril, propio de consultores que empaquetan productos cuyos envoltorios siquiera son abiertos y mantienen por tiempo indefinido el aspecto de un obsequio, bonito pero inútil.

La ciudadanía habría ganado espacios abiertos, áreas verdes, nuevos equipamientos y oportunidades, se habría reencontrado con el río y descubierto los grandes potenciales ambientales, paisajísticos y culturales de Asunción. Lo público se habría resemantizado, dejando de ser sinónimo de abandono, degradación e inseguridad para volverse catalizador de las actividades colectivas, como mostró serlo durante las recientes conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia.

Finalmente, Asunción habría enaltecido su rol de cabecera del sistema metropolitano, estimulando el “efecto imitación” en las ciudades conurbadas. Podríamos pensar en una franja costera continua, a ambos lados del Río Paraguay. Y, ¿por qué no imaginar 370 km de costas, desde Limpio hasta Villeta, y, en la margen derecha, el borde de Villa Hayes, abiertos al ocio y el esparcimiento, a la inversión pública y privada, al turismo, a la cultura, a la economía creativa? Cerrando los ojos se nos presenta un sistema de transporte fluvial de pasajeros que conecta las ciudades metropolitanas y cruza regularmente hacia el Chaco.

La “acupuntura urbana” que se plantea con las intervenciones puntuales, puede resultar exitosa si quien maneja las agujas conoce profundamente el funcionamiento del sistema y sabe en dónde colocarlas. El tiempo nos dirá si las actuales obras públicas que se desarrollan en la ciudad, impulsadas por los festejos patrios, habrán sido un desencadenante terapéutico que mejore las condiciones de salud de una ciudad enferma. De ser así, diremos —en otro artículo— que el proyecto de la Franja costera asuncena, aunque en edad avanzada y en las postrimerías de su vida fértil, pudo engendrar y dar a luz una descendencia vital, de cuyas manos Asunción se puso de pie y comenzó a transitar hacia un futuro más justo y más digno de su ascendencia. Si no, seguirá en el listado de proyectos no realizados. 

Sobre la autora:

Mabel Causarano, arquitecta y doctora en Arquitectura por la Universidad de Roma. Planificadora urbana y territorial. Docente de la Universidad Católica y de cursos de postgrado de la Universidad Nacional. Coordinadora del Proyecto Ciudadela Cultural de Asunción. Autora de libros y ensayos, entre los cuales figuran: Asunción. Análisis histórico-ambiental de su imagen urbana; Paisaje metropolitano. Apuntes de un recorrido territorial, y Dinámicas metropolitanas en Asunción, Ciudad del Este y Encarnación.

Sobre el ilustrador:

Paolo Herrera, ilustrador y artista visual paraguayo, nació el 11 de abril de 1990 en Volendam, dpto. de San Pedro. Desde pequeño estudió dibujo y pintura, y a partir de los 13 años se dedica al arte como profesión. Es miembro de La décima esfera (colectivo de ilustradores). Estudió Ilustración artística en ArtStudium y Artes Visuales en el Instituto Superior de Arte de la UNA. Reside en Asunción donde ha realizado dos exposiciones individuales y varias colectivas.