Buenos Aires

¿PRO Bici? Impresiones sobre patines

Por Nuria Pena

Regresé a Buenos Aires en febrero, después de doce años de haber vivido afuera, la mayor parte del tiempo en Europa. Al volver, experimenté varias de las sensaciones que tienen muchos extranjeros cuando visitan esta ciudad por primera vez. Entre las más fuertes: asombro y agotamiento por el sistema de transporte público. De hecho, una de mis alumnas de intercambio se refirió a la experiencia de viajar en subte como a su mayor desafío en el proceso de adaptación a la ciudad. Dijo que durante sus viajes tenía mayor contacto físico con otras personas que en ningún otro momento del día. No se equivoca. Pero viajar en colectivo, auto o taxi, no resulta mucho más placentero. Y no es por la falta de comodidad de los asientos.

De vez en cuando me doy un gusto y tomo un taxi. Resoplo con furia en medio de los embotellamientos, pero no dejo de sentirme un poco mejor que cuando viajo en otros medios de transporte. Casi siempre los taxistas me acompañan en mis quejas. Protestan porque cada vez hay más autos, lo que no deja de resultarme extraño, viniendo de una persona que está frente a un volante.

Mientras comienzo mis muy postergadas clases de manejo en el Automóvil Club Argentino, me entero de la existencia del Día Mundial sin Autos y de algo novedoso en Buenos Aires que me recuerda a los hippies de Europa: existe un movimiento antiautos conocido como Masa Crítica. Me alegro y pienso que el ecologismo —o al menos alguna de sus manifestaciones o vertientes— por fin se está empezando a difundir entre los porteños. También descubro que este movimiento forma parte de una corriente internacional que busca reemplazar los autos por bicicletas en el ámbito urbano. Su estrategia a fin de hacerse notar consiste en generar tránsito a partir del conglomerado de bicicletas en calles y avenidas.

Días más tarde, me vuelvo a sorprender. No hay un solo movimiento, sino dos, a simple vista semejantes. El segundo, a diferencia del anterior, no es autoconvocado: fue organizado por el PRO o, para ser más correctos, por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Es reglamentado y sus coordinadores visten de amarillo. En uno existe un reclamo: “BICIS SÍ, AUTOS NO”. En otro, más que una demanda, su lema adquiere un tono de sugerencia edulcorada: “MEJOR EN BICI”.

Participo de los dos pero en patines. Cualquier medio alternativo de transporte es aceptado siempre y cuando no sea contaminante. Al primero asisto el domingo 5 de septiembre a eso de las cuatro de la tarde, con una amiga bióloga y su grupo de compañeros de la facultad. Al segundo voy sola, el domingo 19 de septiembre pasadas las diez de la mañana. El lugar de encuentro es el mismo: frente al Obelisco, en la intersección de las avenidas 9 de Julio y Corrientes. El objetivo de cada evento parece coincidir: recorrer la ciudad en bicicleta cortando el tránsito. Las reacciones de los automovilistas son idénticas: bocinazos e impaciencia. Ellos —al igual que los peatones distraídos— podrían perfectamente no advertir las diferencias entre uno y otro.

El movimiento Masa Crítica alcanza números récords el día que participo. Calculo que seríamos por lo menos unas quinientas personas. Mi primera preocupación es poder seguir el ritmo de las bicicletas durante el recorrido. Me alivia constatar que la velocidad no es importante. Algunos se encargan de ir cortando las calles laterales y de hacer barrera para que los autos no pasen. Los más comprometidos inician cánticos simples que reproducen el lema del movimiento. Por momentos, y sobre todo mientras esperamos que cambien las luces de los semáforos, los participantes —en su mayoría jóvenes de hasta treinta y cinco años— se bajan de sus bicicletas para levantarlas en el aire, por encima de sus hombros. Las menean de arriba abajo y acompañan el movimiento cantando la misma consigna.

Entre los manifestantes no recuerdo haber visto a nadie vestido con traje de ciclista. Tampoco recuerdo niños ni personas por arriba de los cincuenta. Me arriesgaría a decir que muchos son o fueron estudiantes universitarios. La Masa Crítica parece homogénea en su condición económica y social. Dentro del movimiento, se destaca un participante: una suerte de guía vestido de payaso. No sé si por decisión propia o en consenso con otros —es difícil identificar líderes dentro de este movimiento— elige darle un tono de protesta más fuerte a la bicicleteada. Como buen payaso hace reír a los demás, pero también dispara frases desoladoras mientras señala autos y edificios, símbolos patentes de contaminación. “Esto es violencia”, reclama agitado, interpelando tanto a los que participan de la acción como a los que desde afuera nos observan. Además, funciona como mensajero, ya que se encarga de avisar a los de adelante que un grupo quedó rezagado. Al parecer, uno de los participantes se enfrentó con un conductor que le había pinchado una rueda como reacción ante sus provocaciones. Algunos automovilistas sonríen y esperan pacientemente que terminemos de pasar. Otros tocan bocina y se molestan. Mientras avanzamos un ciclista me comenta que en otras ciudades este tipo de incidentes pasaron a mayores. Un conductor de Chicago, por ejemplo, se enfureció, enloqueció y atropelló a varias personas.

El episodio hace que el conjunto se divida. A la altura de ATC, algunas bicicletas van adelante y otras bastante más atrás. La Masa Crítica se dispersa y los autos recuperan el paso. Nos volvemos a organizar al costado de la avenida Libertador. Algunos vuelven por la vereda, otros deciden regresar a sus casas. Al retomar en dirección norte y con destino final Olivos, se nota que ya somos muchos menos. Decido unirme a los desertores. Empieza a oscurecer y siento que es hora de volver a casa.

Dos semanas más tarde asisto a la bicicleteada organizada por el gobierno de la ciudad. Salimos del mismo lugar pero el recorrido es más corto: termina en los bosques de Palermo justo antes del almuerzo. En esta ocasión el número de asistentes es mayor, duplicando el de la vez pasada. A simple vista se nota que el público es diferente. Hay ciclistas vestidos como tales —con cascos, guantes, aero shorts y demás accesorios—, padres, madres, niños y familias enteras que eligen un paseo diferente para un domingo de sol. Por más que sepa que no voy a encontrarme con nadie que haya visto dos domingos atrás, busco entre las caras con cierto temor. En lugar del payaso hay una mujer de unos treinta años, subida a una camioneta, vestida de amarillo, hablando y animando a los asistentes a través de un megáfono. Cada bicicleta tiene enganchado en la parte trasera un globo del mismo color chillón. Yo voy en patines y me alegra saber que no tendré que llevar ninguna marca partidaria a lo largo de mi paseo.

Mientras esperamos que lleguen otros grupos provenientes de distintos barrios de la ciudad (los coordinadores se comunican  permanentemente por handy para saber dónde están los demás), nos alientan a hacer ejercicios de precalentamiento. Sobre un fondo de música pachanguera para amenizar la espera, se escuchan las indicaciones y advertencias de un marcado tono escolar: “No vayan demasiado rápido; los niños y las mujeres adelante; hoy les recomendamos que no tomen alcohol; al llegar tendremos un stand donde podrán tomar agua; nunca pasen a las camionetas ni a las personas vestidas de amarillo”, y así. Delante de todo, está el personal uniformado a quien tenemos que seguir. Lleva camisetas del consabido color estridente con la palabra staff escrita en el dorso. Si bien no se ven payasos por ningún lado, hay algo en la coordinación de la bicicleteada que me resulta payasesco. El clima de impaciencia es general. Una madre se irrita al ver que la salida se demora y brama: “Larguemos de una vez”. Más tarde, cuando ya empezamos el recorrido, le grita a la coordinadora: “Más rápido, boluda”. Algunos piden música, otros aceleran. Las motivaciones parecen menos definidas en comparación con las del colectivo del primer domingo que, independientemente de su efectividad o alcances, al menos responde a un nombre sugerente y apuesta a un cambio. Es que los que participan de la bicicleteada oficial no parecen tener una conciencia ecológica genuina, ni apoyar el tan criticado proyecto de las ciclovías, ni adoptar una actitud combativa. Seguro habrá algún ambientalista entre tantas personas, pero percibo una mayor preocupación por divertirse, ir a gran velocidad y pasarla bien bajo el sol.

El andar es rápido, vertiginoso. Me asusto con una pendiente  —mi habilidad para frenar es limitada— y me voy quedando atrás. Nos tocan bocina, pero no hay de qué preocuparse. Los coordinadores van parando el tránsito de forma organizada, y hay personas del staff adelante y atrás. Somos una aglomeración contenida, cercada, visiblemente encauzada hasta el destino final, los bosques de Palermo, adonde llegamos en escasos veinte minutos. Nos reciben con gatorade y un agua mineral cuya marca no recuerdo. Hay un escenario hacia el cual nos debemos acercar y desde donde comienzan a darnos instrucciones de cómo elongar. Nuevos coordinadores también vestidos de amarillo nos invitan a hacer ejercicios aeróbicos. Me aparto del grupo, me saco los patines y empiezo a caminar rumbo a Plaza Italia, hacia la boca del subte que me lleva a casa. Es domingo y casi nadie viaja en dirección al centro. Tengo todo un vagón a mi entera disposición. Aun así me quedo parada, buscando que la corriente de aire producida por el movimiento me refresque la cara.

Sobre la autora

Nuria Pena nació en Buenos Aires, Argentina, en 1978. Hizo la mayor parte de sus estudios en el exterior, primero en Inglaterra (Licenciatura en Ciencias Políticas) y después en Holanda (una Maestría en Ciencias Políticas y otra en Estudios de Desarrollo). Se especializó en temas de cooperación internacional y derechos humanos, y trabajó para distintas ONG en Holanda y España. Desde febrero de 2010 reside nuevamente en Argentina y se desempeña como docente para un programa de estudios en Derechos Humanos y Movimientos Sociales.