Rosario

Día Mundial sin autos y con lluvia

Por Manuela Suárez

Por el Día Mundial sin Autos nos juntamos en un lugar particular de la ciudad de Rosario, bulevar Oroño y el río, al lado del Museo de Arte Contemporáneo, donde también se reúnen muchas personas para la Masa Crítica que se hace un domingo cada tanto. Pero el 22 de septiembre de 2010 no cayó domingo, sino un miércoles lluvioso.

Fuimos pocos, se esperaba alta convocatoria pero el clima no ayudó: llovió todo el día. Cerca del mediodía salió el sol y no alcanzamos los ciclistas a ponernos contentos que al toque ya de nuevo nublado y llovizna de esa que parece que no moja, pero empapa. Queríamos una caravana infinita de bicicletas ocupando las calles del microcentro, pero en vez de eso, éramos apenas unas ochenta ruedas marchando, cantando, haciéndonos escuchar.

Antes de arrancar la masa-marcha cayeron algunos periodistas y entrevistaron a los capo bici, algunos querían meter cizaña y preguntaban por qué no teníamos cascos todos los que estábamos ahí. El capo master bici, con su enterito amarillo impermeable estrenado para la ocasión, les respondió que no era reglamentario.

Había todo tipo de bicis, muchas con cambios; había gente vestida de ciclista, algunos de oficinistas, otros de deportistas; había bicicletas playeras y una bici doble con apodo. Sí, eso: algunas tenían nombres. La pareja en bici doble, antes de salir, contó la anécdota de cuando fueron a un restaurante a comer, “con tacos y todo”, acotó ella y se miraban y se sonreían con complicidad, como una pareja que milita y se ama y ama el motivo por el que milita.

La causa de los ciclistas es justa y sana. Militan por el bien de todos, pacíficamente; se suben a sus bicis todos los días, un tipo de militancia que no tiene careta, que está ahí, en la vida cotidiana de los fieles a las bicis. Está presente cada vez que deciden ir a un restaurante en bicicleta, aunque todo eso les parezca un disparate a los voyeurs ocupantes de las mesas, desde donde pueden mirar por la ventana mientras comen, para asegurarse de que ningún pibe que pide monedas les raye el auto.

Instalamos la cámara debajo del techito de la entrada del museo, pegamos carteles en todas las bicis, nos atamos las botamangas de los pantalones con broches de ropa. Un chico portaba un inflador solidario que prestó a todos los que lo necesitaban y ya con las ruedas bien infladas: “vaaaaaaaaaaaaamos”, gritó uno de los comandantes y todos nos subimos a las naves.

Durante el recorrido el tránsito fue poniéndose furioso y los autos nos tocaban bocina. En una esquina alguien sacó la cabeza fuera de la ventanilla y se escuchó  un “vayan a laburar, manga de vagos”. Teníamos algunas cornetas y bocinas de bicis, pero lo mejor era el “eeeeeeeeeeeeeeeee” tipo cancha de fútbol que gritábamos al unísono, en respuesta a los bocinazos. Éramos un equipo. La gente que pasaba caminando prefería estar con nosotros a estar con los autos, nos sonreían y más de uno saludó cuando pasamos. Algunas bicis que iban para su casa, capaz recién salidas del trabajo, se enganchaban en la fila cuando nos encontraban, y de a poco fuimos sumando algunos ciclistas más.

La lluvia se iba poniendo cada vez peor y el ánimo a la inversa. Lo único que no tenía que pasar era que lloviera pero no, pasó, y ahí es donde se reflejaba más aún el fanatismo. Nos íbamos mojando de a poco, la cámara también se mojaba. Con  la gota que cayó sobre el objetivo se fue deformando la imagen, el poco sol que había se escondía y el reflejo daba la impresión de un fuego. Cuando vi el video me sorprendió este efecto y me puse re contenta porque imaginé a muchas personas huyendo del fuego de la ciudad, una metáfora perfecta y natural acerca del manifiesto ciclista.

El uso de la bicicleta no implica solamente una buena solución para el ruido, la contaminación, los atascos y la inseguridad causados por el uso de autos y motos, sino también una especie de manifiesto slow. Es la respuesta y bajada de cambio al ritmo esquizofrénico de las ciudades. Es pensar en el otro, ese otro más vulnerable y más sensible, ese que piensa que está bueno ir a lugares aparte de llegar a ellos; el que piensa que la vida te puede sorprender durante un recorrido en dos ruedas y portaequipajes.

Sobre la autora

Manuela Suárez nació en San Pedro, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1982. Actualmente vive en Rosario y forma parte del staff de la revista virtual Cultura Etérea y escribe en el blog Minificciones y miniverdades. Participó en distintos ciclos de lectura de poesía en Rosario y otros lugares. Realizó talleres de poesía con Daniel Durand e Irene Gruss en el marco del Festival Internacional de Poesía de Rosario. Recibió una mención del Fondo Nacional de las Artes (2010) en el área de Letras. Además, es diseñadora de indumentaria y traductora de inglés. http://www.flickr.com/lacasadenuestrossuenios

Sobre el fotógrafo

Mario Caporali nació en Rosario, Santa Fe, Argentina, en 1979. Estudió en la Escuela de Fotografía Creativa Andy Goldstein. Su obra consta de fotografía, instalación y video. Participó en diferentes muestras y exposiciones de arte. Actualmente trabaja realizando performances en espacios diversos con el grupo Guo Cheng. www.caporali.wordpress.com