Spinning

Los ciclistas inmóviles

Por Malena Sánchez Moccero

Nunca había visto esa pared en un gimnasio. La vi en salas de ensayo, con olor a marihuana y humedad. La vi en islas de edición, con olor a encierro y a café. Pero ahora, desde las ventanas al estilo submarino, vislumbro una sala de spinning forrada de esas paredes que absorben el sonido.

Faltan cinco minutos para las ocho y el pasillo angosto que da a la sala se empieza a llenar de gente. Hay cinco o seis hombres y el resto, mujeres. Empiezan a salir las personas de la clase anterior, y una mujer bajita y uniformada se apura para ingresar a limpiar. Afuera esperamos. Los que salen de la sala están muy mojados. Me asusto.

Entramos. Somos 30 personas y un profesor con un acento que no es argentino, tal vez venezolano. Es pelado, no muy alto y musculoso. Las 30 bicicletas fijas entran justo en el cuarto, no hay lugar para una más. El profesor está adelante en una ubicada más arriba que las demás, como en un altar.

Las personas se desplazan siguiendo una rutina que conocen: cuelgan sus pertenencias en unos percheros de la pared del fondo, eligen su bici y empiezan a pedalear. Nadie se los dijo, ellos lo hacen. Pedalean. En silencio.

Las luces se apagan y se prende una luz blanca. Las personas siguen pedaleando. El profesor pedalea y dice: “Buenas tardes, ¿cómo estás hoy?”, a nosotros, los treinta.

Empieza a sonar fuerte música electrónica. Con la luz blanca todas las zapatillas se ven, brillosas, histéricas, moviéndose rápido, sin parar, formando cada par un aro frágil pero constante. Las mías todavía no se animan, las veo nítidas y se mueven despacio, guardan fuerzas. Prudentes, cobardes.

—El plano, la colina, 65%, subís resistencia, ahora bajás resistencia, pulsaciones —dice el profesor. Pedalea desde su bici, desde su altar iluminado.

Tal vez voy un poco más despacio, tal vez un poco más liviana. Pienso que no está tan mal, que hasta está bueno.

—Posición dos, posición tres. Arriba. Ocho abajo, ocho arriba. Cuatro abajo, cuatro arriba. Un minuto arriba. Setenta vueltas. Subís resistencia. 85%.

Sigo a mis compañeros. Se paran y pedalean parados, se sientan, se vuelven a parar. Yo había pensado que no estaba tan mal.

El profesor dice: “Un sorbo de agua”, y todos toman agua. Todos tienen una botellita apoyada en la bici. El profesor les dice cuándo tomar agua. Y ellos toman.

—Resistencia, potencia, cadencia.

Ahora es un Scioli cacofónico. Tira palabras, baila en su bici. “Cadencia”, dice.

Somos 30 personas pedaleando en la oscuridad. Hay movimiento, hay fuerza pero no hay desplazamiento. Salvo las palabras que menciona cada tanto el profesor, nadie habla. Sigue la música electrónica y sigue el movimiento.

Faltan quince minutos para las ocho y no doy más. Debe estar terminando, ahora seguro viene musiquita de retiro espiritual, melodía de elongación de Pilates y el pelado deja de pedalear.

—Ahora a escalar la colina —dice el pelado y yo entro en pánico.
—A escalar la colina. Ya la conoces, es tu colina.

Y ahora Scioli es Claudio María Domínguez. Y motiva, nos habla, te habla.

Pedaleamos con intensidad. Parados, sentados. En los últimos minutos de pedaleo suena U2 como un himno triunfalista. Me cuesta descifrar qué estarán pensando, qué estarán sintiendo, los 29 que pedalean conmigo.

¿Alguno lo disfrutará? ¿O es un medio para lograr un objetivo? Chicos, ¿ustedes la pasan bien?

Algo avanza, algo intangible se nos escapa, se mueve mientras nosotros, con los pies atados, nos quedamos fijos. Somos robots cabizbajos que no se detienen, no paramos de pedalear.


Sobre la autora

Malena Sánchez Moccero nació en Venado Tuerto, Santa Fe, y vive en Buenos Aires. Es periodista y colabora en las secciones "Cultura" y "El Observador" del diario Perfil, y con la revista G7. Da clases de periodismo en el secundario del colegio San Miguel y coordina la materia taller de revista en la carrera de Periodismo de la Universidad Católica Argentina. Además, es asistente en un curso de cine latinoamericano para extranjeros en la UCA. Antes de los brackets, comía muchos palitos de la selva. No le gusta el chocolate negro.