Segundo Plano

Un proyecto que sugiere nuevos mapas y recorridos de la cultura de nuestras ciudades.

Seleccionar Ciudad
 

Se puede esquivar a los “dueños” de la Cultura

Por Gonzalo Toledo

Mi recorrido, mi trayecto por este segundo plano de Córdoba, va a comenzar justamente por una vieja institución cordobesa, el Observatorio Astronómico que le da nombre al barrio donde vivo y por donde también moran algunos artistas, varios malandras, y oficinean muchos chupasangre que aprovechan la cercanía con los dos palacios de Tribunales que tiene esta ciudad.

A propósito, el Observatorio tiene visitas gratuitas al telescopio los viernes, y uno puede ver planetas como Saturno (de mayo a septiembre) o Júpiter (durante el verano). Todo un ejemplo de una Córdoba que se quedó en el amague: el telescopio fue toda una novedad en 1916 y todavía sigue ahí, esperando reemplazo. Es tan veterano que Saturno se ve con una calidad de imagen que recuerda a las películas de ciencia ficción de los 40.

Así partimos por este Observatorio que es otro barrio que sigue perdiendo la batalla contra las empresas de demoliciones, pero que mantiene su fuerte identidad de barrio de poetas, cantores y chantas. Y en sus confines, está la Cañada que es el paseo por donde ocurrían las cosas en el añorado under de los 80, hasta que los 90 trajeron una serie de prohibiciones que terminaron por erradicar a los jóvenes de esas veredas. Pero no sólo fueron las restricciones las que dejaron su marca en los 90, una década que hizo un cráter en la actividad de la cultura no oficial de Córdoba. Esto se verificó en el rock cordobés, para el que el último decenio del siglo XX fue una década perdida. Sin lugares para tocar, en medio del ascenso definitivo del cuarteto y su legitimación, en plena fiesta menemista, los rockeros cordobeses no tuvieron un recambio para lo que había en los 80. Aun con el regreso de la democracia, el rock local tenía que apelar al ingenio para hacer fiestas clandestinas que generalmente convocaban a los mismos de siempre y que en ocasiones terminaban interrumpidas por la acción de la Policía. Aquí todavía sigue vigente el autoritario código del Merodeo, que faculta al policía a detener a cualquier persona que ande por ahí, en situación “sospechosa”. Así, y con los años de plomo todavía vigentes, los rockeros igual se animaban a hacer propios lugares como la Cañada para compartir la cerveza antes de partir hacia alguna fiesta, para ver a Los enviados del Señor en espacios como la playa de estacionamiento del Sindicato de Luz y Fuerza o en la Casa de las Brujas, de la Ciudad Universitaria. Más cercanos a mí estaban los Viejos Putos, banda punk que hacía pie en el Triángulo Hodara, una vieja casona de la zona del Mercado Sud. De aquello, quedó poco en la década siguiente, pero por suerte el nuevo siglo trajo una generación que trabaja con entusiasmo y en la confluencia, palabra clave para entender lo que se está iniciando en estos tiempos, en los que los artistas han comenzado a unirse para trabajar juntos y dejar de protestar por lo que la cultura institucional no da.

Y como Córdoba ya es una escuela de inventar vedas, estos tampoco son tiempos fáciles para lo independiente, lo indie, lo under o lo que no sea parte de la oficialidad de la cultura. Córdoba no difiere mucho de lo que pasa en otras ciudades argentinas, pero parece siempre más receptiva hacia lo que viene de afuera (principalmente de Buenos Aires) y en muchas ocasiones lo local goza de menor prestigio. Sumada a esta desconfianza de los públicos cordobeses, la actividad se hace todavía más cuesta arriba por la falta de apoyos y de políticas serias que estimulen a los artistas emergentes. Además, lo que llamaría oficialidad de la cultura está teñida por el amiguismo, las RRPP y los intereses ulteriores (¿do ut des?), por lo que en los espacios municipales y provinciales se forma una red, en la que los rostros comienzan a repetirse en todas partes. El condimento de la Aldea y esos asuntos no son patrimonio exclusivo de esta ciudad, seguramente, pero aquí la cosa entre galerías de arte, teatros, centros culturales oficiales y algunos privados se definen para mí en una sola palabra: endogamia. Soy arbitrario y parcial, pero son mucho más que buenos amigos los que se adueñaron de lo “cultural”.

Por suerte, la nueva época ya no tiene a los artistas independientes despotricando contra los “dueños de la Cultura”; han entendido que la historia va por hacer y por dejar de lado la vieja escuela del vedettismo, la ego war y el “sálvese quien pueda” noventoso injertado en otras áreas de la vida cotidiana.

Por esto, la confluencia de muchos artistas de distintos palos hace que a falta de una puerta abierta, se empiecen a crear nuevos circuitos, y a eso apunta este pequeño recorrido.

Gonzalo Toledo, ciudad de Córdoba, enero de 1973. Como escritor se inscribe en la narrativa y ha publicado las novelas Temporada de Incendios (2009) y Limones para una sangría (2011), ambas por la editorial Llanto de Mudo. Además, comparte su borrador público, Mi bestia interior, en el blog gonzalotoledo.blogspot.com. Como periodista ha trabajado en el diario La voz del Interior, en la Agencia de noticias Télam y en el diario Día a Día de Córdoba. En radio fue guionista de los programas “Éramos tan punks”, “El Cataclismo” y “Nietzsche está muerto”.

Links:
http://www.cba.gov.ar/imagenes/fotos/cul_gonzalo_toledo.pdf
http://llantodemudo.blogspot.com/2011/06/limones-para-una-sangria.html
http://vimeo.com/26885930
En Facebook: Gonzalomon Toledo
En Twitter: @gonzalomon