Ciudad de Alado

Texto por Mauricio Orellana Suárez
Video por Cristian González Vides

I

En esta ciudad existe el temor a la muerte, que es mucho peor que la muerte misma, que no existe, porque hemos sido fabricados: nos ensamblaron acá; nos soltaron en la urbe sin instructivo.

De momento sé que la ciudad es un otro mundo frío: ni siquiera hace falta tocar algunos misterios para sentirlos soplar su indiferencia en el cuerpo. La indiferencia es helada, me basta pensar en témpanos para saberlo. Toco y confirmo: está frío, como ese miedo que comienza a hacer crecer sus holocaustos diarios en nosotros desde el instante mismo del alumbramiento.

Hay un reino imaginario afuera, que a puras dudas y errores hace existir esas casas, esas calles, esos autos. Alado parece estarlo maquilando con sus ojos. Los objetos y los hombres allá afuera no parecen darse cuenta del propósito para el que fueron hechos. ¿En realidad fueron hechos con algún propósito?… Y yo me siento a salvo acá detrás de él, viendo como en vitrina que hay un mundo que sucede afuera a la distancia del lance de una piedra, que bien pudiera resquebrajarse y hacerse chingastes —en añejo y delicioso náhuatl— si de verdad llegara a lanzarse esa piedra.

De nada sirve andar de iluminado por ahí, cuando lo que hay es chantaje, y simplemente no tengo la fe de Alado ni sus alas. Tengo estómago y está vacío, bien de carne y músculo, con los ácidos normales que no engañan al hambre. Un estómago con los pies sembrados en la tierra, compacto de mente, pero demandante. En cambio Alado vive en las alas de la urbe, entre sus plumas sin estómago. ¿Y cómo llegar a estar ahí?

Por eso hoy he buscado empleo como la gente en loop. Un empleo de gente normal; ¿no es así que siendo parte del chantaje estás a salvo?

La ciudad huele a aceite hervido hasta el chamusque: es un otro mundo equidistante, enorme objeto metálico que casi se puede tocar con el olfato que recorre la ferrosa anchura de sus desproporciones. Desmesura soldada con saldos, montos, cuotas y precipicios de miedo puro. Estoy seguro de que esa máquina diabólica del chantaje es la culpable de todos mis males terrenos. Cuántas veces he visto a ese otro que soy, primero realizar sacrificios funestos y ofrecer en holocausto lo que tenga a mano para aplacar su ira; luego elevar oraciones, quemar incienso de carne y fundar ceremonias y ritos absurdos para mostrar su servidumbre; pero el nicho metálico se siembra ahí en los contornos y le sopla los huevos al cuerpo vestido de puta desnuda. Los saldos son brazos elásticos que nacen en la agencia de tarjetas de crédito donde trabajo, que tratan de agarrarme en buses y aceras cuando por fin salgo a la calle.

Nunca te dejan los saldos; siempre están detrás, a solo metros. Son brazos de manos pulcras que no saben comerse una pupusa en ningún lado. Se me vuelven tatuajes impresos en el espacio que voy dejando atrás. Son mis huellas, mi forma de contribuir con el esmog de la rutina diaria de mi ciudadela. Sólo a veces puedo darme cuenta de que nos persiguen sin ninguna excepción. A todos, los hijos del loop.

De noche a la ciudad se le raja la panza que ha llevado puesta vestidos casuales durante el día. Los escenarios diurnos se vuelven entrañas crudas que bailan danzas foráneas alrededor. Soy una ameba que no sabe cómo moverse. Solitaria profana. El suelo está viscoso, el aire se ha vuelto pared intestinal que expele los corrientes ácidos de digestión. El tiempo pasa hecho diarrea y deja su olor infesto, ejército de alcantarillas destapadas, en el rumor del tráfico a lo lejos. Hay ratas enormes afuera. Son las dueñas de la noche. Se les ve atravesar la calle como de día lo hacen los hombres. De noche es una ciudad de ratas: mendigos, putas, borrachos, drogos, rateros y maras.

Me muevo. El trajín casi me choca su fuerza de ventarrón en el cuerpo. Es como un disparo a quemarropa que deja sus huellas en el área más desprevenida y sensible de todas. Se condensa tanto que me obliga a realizar meticulosas inspecciones en el lugar de la camisa de fuerza del día anterior, esperando encontrar una pista de sangre, de plasma o ectoplasma que evidencie el efecto del choque. ¡Nada!

Los otros trajines van y vienen, acompañan, retardan o interponen sus fuerzas hasta lograr en su conjunto un perfecto caos de rituales urbanos con su barullo de hormiguero organizado.

Veo y no logro evitar pensar que voy a pudrirme aquí en este cascajo. Mis lugares están secos, deshidratados como pasas ciruelas, exprimidos y solos. Yo, el cuero tirado en ellos, el demolido. Quizá mi amigo Alado tenga razón. Quizá haga falta infestarnos los cuerpos con sangre verdadera; llenar los edificios con graffiti del pensante, del bueno; o morir de miedo, de nombre, o morir de sueldo, de chantaje.

No sé si de verdad sucede así; pero así siento que sucede y eso basta.

II

Llegué. Me acerqué a Alado. Casi pude escucharlo decir otra vez que había llegado la hora de tomarnos el centro. Lo vi caído en el suelo, como un muñeco inservible al que le habían hecho colapsar el engranaje. Sentí que terminaba de volcar con sus ojos el sumario de sucesos imposibles de su vida, y después no hizo más que convertirse en el muchacho tirado de espaldas en la calle. Su silencio aprendía a hablar por los ojos abiertos del cadáver, y ante la prensa declaraba que había sido víctima de típicos flagelos de violencia callejera, urbana, pestilente. Sentí que la ciudad había muerto en esos ojos. Lo acompañé un rato; luego lo dejé reposar en los colchones macizos del asfalto, tal vez más triste y solo que nunca, pero de alguna manera redimido por mistiricucos traviesos (elfos-luminosos-niños-de-la-calle) que le habían pegado con artilugios de alambres y pitas dos mugrosas alas de cartón sobre la espalda descarnada, y le lloraban, y lo llamaban “¡Muerto Alado!”, y le rezaban.

Sobre el autor:

Mauricio Orellana Suárez escritor de novela, cuento y ensayo. Su obra Gavidia, catador de lo eterno, voluntad de síntesis e integración ganó el primer lugar en el Premio Nacional de Ensayo Francisco Gavidia, en 1997. Ha ganado en dos ocasiones los Juegos Florales Salvadoreños: en 2000 con la novela Ciudad de Alado y en 1999 con La marea. Su colección de cuentos Nueve y medio casos de cólera obtuvo el primer lugar en los Juegos Florales Nacionales de Cojutepeque 2002. Ese mismo año, su obra Kazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto, publicada en Uruk Editores (Costa Rica), fue finalista del Premio Planeta de Novela. La Dirección de Publicaciones e Impresos de El Salvador publicó en 2001 la novela Te recuerdo que moriremos algún día. En 2009 Uruk Editores publicó Ciudad de Alado. Sus cuentos aparecen en las antologías Papayas Und Bananen Erotische und andere Erzählungen aus Zentralamerika, Brandes & Apsel, Alemania; Cicatrices. Un retrato del cuento centroamericano, Anamá Ediciones, Managua, Nicaragua; y Tiempo de narrar: Cuentos centroamericanos, Editorial Piedra Santa, Ciudad de Guatemala, Guatemala. Tiene cinco novelas inéditas. Fue colaborador independiente de la sección de cultura de La Prensa Gráfica y trabaja como corrector de estilo y traductor independiente. Actualmente dirige el taller Alquimia Literaria.

Sobre el videasta:

Cristian González Vides es fotógrafo y videasta en el área de documentación, y desempeña su labor principalmente en eventos culturales y con personalidades destacadas de las artes, como escritores, actores, músicos y bailarines. Estudió Comunicación Social en la Escuela Mónica Herrera, en El Salvador. En la Universidad Veritas, Costa Rica, estudió Fotografía y se desempeñó también en la asistencia de Cámaras Cinematográficas. Es director de fotografía de PhotoGram Studio y fue el artista seleccionado por El Salvador para el proyecto de gráfica popular Tutti Frutti (AECID). Uno de sus trabajos fue seleccionado, además, para el Premio Arte Joven 2010 del Centro Cultural de España de El Salvador (CCESV). Actualmente trabaja en la documentación fotográfica y audiovisual del CCESV y realiza colaboraciones puntuales para la Compañía Nacional de Danza, la Escuela Nacional de Danza y la Secretaría de Cultura de la Presidencia de El Salvador.