Déjame que te cuente…

Por Víctor Mejía Ticona

Cuentan que Abraham Valdelomar, intentando reflejar el peso de una capital sobre un país a inicios del siglo XX, dijo alguna vez una frase como esta: el Perú es Lima, Lima es el Jirón De la Unión, El Jirón De la Unión es el Palais Concert y el Palais Concert soy yo. Lo cierto es que Valdelomar, si así lo dijo, se equivocó. Entonces —por su desarrollo urbano, importancia política y conexión con el mundo— Lima era diferente al resto de las ciudades peruanas, y si en algo se parecían ellas, era en que todas asomaban distintas a Lima. Hoy el Perú es un país con casi 29 millones de habitantes, Lima la capital que concentra a más de un cuarto de ellos, y el Jirón De la Unión una vía peatonal por donde transitan a diario miles de limeños.

Pero más allá de aquello, y más allá de Abraham, Lima sí es hoy una ciudad que podría representar, al menos culturalmente, a una buena parte del Perú. Ella es hoy el resultado de un proceso de migraciones internas de la sierra hacia la capital, proceso que implicó un encuentro de culturas donde lo andino y lo limeño chocaron y se reconocieron, para ahora convivir. Así, Lima es hoy un espacio diverso, un lugar mestizo que, para completar el combo, recibe con brazos abiertos los guiños de modernidad que la globalización le hace.

Para pensar esta ciudad, e intentar no equivocarnos, hay que reconocer tres categorías: Lima, los limeños y lo limeño. La primera se refiere a sus edificios, plazas y calles, a una valiosa serie de etapas arquitectónicas superpuestas, no como en las grandes capitales del mundo, no como un bonito catálogo, no respetuosas unas de las otras, sino mucho mejor: en una confluencia conflictiva pero viva, intensa y cambiante. A los limeños y lo limeño es mejor conocerlos personalmente —o tal vez no—, aunque resulta factible reconocerlos al revisar algunas de sus dinámicas urbanas. Más allá de plazas, parques y paseos, Lima ha generado nuevos y propios espacios públicos, donde los limeños entre otras cosas compran, se movilizan y aman.

Como versiones mejoradas de centros comerciales previos, desde mediados de los 90 los malls o plazas proponen en Lima —como en todo el mundo— “pequeñas ciudades de consumo”, conjuntos con todo lo que se pueda comercializar, en un solo lugar. Y es que desde entonces, la estabilidad económica ha acostumbrado a un grupo de limeños a comprar con dinero o sin él, a veces por necesidad, otras por gusto o simplemente por aburrimiento. Casi sin tomar conciencia del hecho, el limeño promedio va de shopping sin que esto implique que vaya a adquirir algo, que quiera hacerlo o que pueda hacerlo. La economía de consumo “a la limeña” no se rige sólo por cuanto se compra, sino también por aquello que “a fin de mes” —ahora sí por fin— compraré, o por eso que muchos quisieran comprar pero no pueden. Ante el caos y la agresividad de Lima, esas pequeñas ciudades se presentan como islas que lucen ordenadas y luminosas, donde —tras el filtro impecable de una vitrina— todo se ve reluciente y huele a nuevo. Comprar y tocar son otra cosa, lo importante es ir de shopping, caminar, conversar, huevear.

Para ir de compras, al trabajo o a casa, los limeños tienen que movilizarse en transporte público o privado, sin embargo, hace algunos años aquellos momentos de tránsito se han convertido en espacios alternos. La falta de cultura vial, una red de transporte que ha rebasado su capacidad, así como algunas obras iniciadas para revertir aquel panorama que sin embargo —por improvisadas— entorpecen aún más el tránsito, hacen crítica la situación. Es así que los limeños pasan buena parte de su tiempo “yendo hacia algún lugar”, en un “micro”, una “custer” o una “combi”. Allí, muchos invierten aquel tiempo en leer libros, preparar exámenes, revisar documentos, hacer cuentas o dormir un poco, entre otras actividades. Dentro del imaginario limeño, aquel ya no es sólo un trayecto, sino una situación aprovechable. Incluso para otros es, hace mucho tiempo, un lugar de trabajo: subiendo y bajando de buses ofrecen productos, cantan canciones o narran dramas personales esperando una moneda, lo que ha hecho de estos también espacios de interacción social.

Sin embargo, más allá de intercambios sociales o de consumo, existe una dinámica que pone a los limeños a un mismo nivel: el intercambio de fluidos. Todos quieren ser objeto de deseo, algunos lo son, pero nadie quiere limitarse a sólo desear. Hoy Lima posee una numerosa oferta de hostales, con cifras que indican que es un negocio rentable que seguirá creciendo. Hay que diferenciarlos de hoteles y hospedajes: al hostal limeño se suele entrar sin equipaje y con compañía. Así, desde aquellos de S/.5 la hora hasta los que cobran 400 por una noche, la oferta es muy amplia. Para muchos limeños, el hostal encierra el encanto de lo efímero y lo atractivo del rincón cómplice —en medio de Lima, pero aislado de ella—. Sin duda, sus habitaciones pueden ocupar un lugar en aquel mapa de afectos que es una ciudad, pues más allá de su confort, lujo, o la ausencia de ambos, un hostal será siempre una orquesta de gemidos, una fábrica de placer y, a veces, por qué no, un lugar de amor.

Y así como el amor, Lima es contradictoria. No es una ciudad moderna, es otra cosa, no se sabe cuál. Parece un animal encerrado deseando mucho tiempo escapar, que al encontrar la puerta abierta prefiere acurrucarse y dormir. Muchas veces aparece como una ciudad que no fue hecha para ser pensada, sino sentida, padecida y querida. Sin embargo, aun así, siempre resultará difícil esquivar la tentación de entenderla.

Víctor Mejía Ticona
Lima, noviembre de 2010

Sobre el autor:

Víctor Mejía Ticona (Lima, 1976) es Arquitecto por la Universidad Ricardo Palma, docente en la Facultad de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica del Perú, curador de proyectos como Presencias inadvertidas / Ausencias evidentes (2008), reHacer el amor (2009) y 24 imágenes por segundo (2010), además de investigar y escribir en revistas de arquitectura, cine y actualidad. Su libro Ilusiones a oscuras (2007) —acerca de las salas de cine en Lima— fue premiado en la XVI Bienal Panamericana de Arquitectura BAQ-2008. Hoy desarrolla la investigación, textos y edición de Puertas abiertas, libro conmemorativo por los 15 años del Centro Cultural de España en Lima.