Espías

Texto por Eloísa Oliva
Video por Paola Sferco

Miércoles 3 de noviembre de 2010. Será un típico día de verano en la primavera de Córdoba. Sol, viento con tierra, y 36 grados sobre nuestras cabezas. Una rudimentaria hoja de ruta, una cámara y un trípode forman nuestro arsenal.

Llegamos a la primera parada: Ambrosio Olmos 909, Nueva Córdoba, barrio que alguna vez fue señorial y hoy la especulación inmobiliaria y la necesidad real de nuevos hogares lo devoran desde el centro. Entramos al predio de una demolición. De las paredes chorrean restos de una civilización perdida: un pedazo de empapelado ondea en el viento ahí donde fue la pieza de los chicos, unos cerámicos blancos con estampas de flores violetas marcan dónde estuvo el baño. En el fondo, restos de un asador, y de una parra.

Es fácil imaginarse las temporadas de verano acá, bajo la sombra de las uvas, con la carne cocinándose lentamente en la parrilla. Las raíces de la parra arrancada asoman en la tierra, resistiéndose tal vez, mientras una máquina se apronta a alisar el terreno para empezar una nueva época. Hasta tanto, la nada.

Demolición. Este agujero que, como tantos otros, es el tiempo suspendido, lo que permanece entre el desvanecimiento del pasado y la aparición del presente. Un no tiempo, con sus reglas, sus habitantes, su estética. Es la nueva expresión de un gesto atávico: el hombre urbano no siembra y cosecha, sino que construye, demuele y vuelve a construir. Un gesto inscripto en el linaje de la especie, adaptado a su mutación y que transforma a la ciudad en un animal domesticable.

Me pregunto quiénes habitarán más tarde este lugar, quiénes ocuparán el cuarto de los chicos, la pieza del fondo desdibujada en el aire, la zona del living comedor. Cuántas noches dormirán los nuevos habitantes soñando con una parra y un asador, desde sus minúsculos departamentos.

El encargado de la demolición contesta mis preguntas: de qué año era la casa, qué se puede demoler, qué no. Razones prácticas en medio de las cuales inserta su tristeza por arrasar en un segundo algo que se hizo con tanto esfuerzo. Reflexiona sobre la construcción de su propia casa, su trabajo apilando ladrillos, concretando el diseño que pergeñó quizás durante años. La arquitectura, en tanto construcción del propio hogar, es la materialización de los sueños de los hombres comunes, esos que son mayoría, y lo cierto es que no merecen ser llamados comunes. El que además sueña con moldear a su antojo su espacio es algo así como un hombre del pasado, un hombre prácticamente extinto, porque hoy el espacio ha sido casi enteramente conquistado por esa estética que deja afuera la escala humana, expulsa a la historia, y se empeña en borrar la singularidad. La arquitectura, entonces, pienso, ha dejado de ser la materialización de los sueños de los hombres comunes para tornarse en la pesadilla de los hombres comunes. El encargado de la demolición me escucha, sabe de lo que hablo. Quienes sueñen con veranos bajo la parra también, al menos, lo intuirán.

Seguimos camino. Las vallas publicitarias tapan los agujeros y los cierran a la vista. Se llenan de caras atractivas, de imágenes elaboradas y pensadas por los publicistas para captar la atención del transeúnte. Así, el agujero está resguardado, ese no tiempo, ese espacio que es un menos que cero, se cubre hasta que sea el embrión de un nuevo espacio. Hasta que tenga una “función”. En el intermedio, la aterciopelada superficie del mundo publicitario cuida al ciudadano de la amenaza. Algunos puntos de esas vallas develan una lucha: capas y más capas de papel, peleando por la atención del ciudadano/consumidor. Con la mano, rasgamos esas capas, y aparece una grieta.

Si uno se acerca y observa por las grietas descubre que el paisaje detrás de las vallas es a veces de una belleza salvaje, un nodo de barbarie en pleno boulevard Chacabuco. Restos de objetos descontextualizados, sin función, escultóricos ahora: zapatos, colchones, se mezclan con los escombros y con las plantas, las plantas más fuertes que todo, que siguen creciendo y se abrazan al cemento.

Este tiempo suspendido en el espacio es la única expresión posible de rebeldía a esa corriente arrasadora de la nueva estética. Mientras dure, estos agujeros donde se mezclan el pasado y el presente, los habitantes previos, los actuales, los futuros, son la metáfora perfecta de la improductividad, una amenaza temible para el sistema que soporta la urbe.

Más adelante encontramos una valla abierta. Restos de cerámicos de una casa recién demolida se mezclan con arcadas del siglo XVIII, de una vivienda anterior, y con los cimientos de un edificio de catorce pisos que empiezan a tomar forma. Cilindros gigantescos de hierro ocuparán un pozo de 19 metros, explica el arquitecto, para soportar la vida cotidiana, los sueños, los deseos, de todos los habitantes de ese espacio.

Los cascos multicolores de los operarios se mueven coreográficamente sobre la escenografía del tiempo suspendido. Estos hombres que levantan edificios, los otros que los demuelen, habitan este espacio mientras es un no espacio. Los cascos multicolores de los operarios que, en sus cuerpos, asumen la irracionalidad del gesto atávico que nos define como especie: construcción – destrucción – construcción.

Sobre la autora:

Eloísa Oliva nació en 1978, en Buenos Aires, vivió gran parte de su niñez y adolescencia en Neuquén y actualmente vive en Córdoba. Estudió comunicación social y cine. Participó en las antologías Espuma de rabia (La Creciente, 2004), Mirad al cielo: ¡Los renos caen ardiendo! (Clase Turista - CCEBA, 2009), Dora Narra (Caballo Negro - Recovecos, 2010), Cucrito (Textos de cartón, 2010) y Quince (Tintadenegros, 2010). Editó los libros de poesía Humus (La Creciente, 2005) y 1027 (Nudista, 2010). Las publicaciones Alguien llama, El banquete y Diario de Poesía incluyeron una selección de sus poemas. Fue residente en RUSA (Residencia Un Solo Artista, Rosario) en 2008. Entre 2007 y 2008 formó parte del consejo de Editorial La Creciente. Su libro El tiempo en Ontario permanece inédito. Trabaja en el campo de la comunicación y la cultura, especialmente ligada a la producción audiovisual y la escritura.

Sobre la videasta:

Paola Sferco (Córdoba, 1974) es videoartista y docente. Estudió en la Escuela de Artes de la UNC. A partir de su tesis con videoperformance su trabajo se concentró en video. Entre 2002 y 2008 vivió en Aluminé, un pueblo en la cordillera de Neuquén, siendo un cambio radical que le permitió desarrollar su obra: las condiciones de aislamiento, lo ajeno e inhóspito fueron motivadores. Desde el año 2010 vive en Alta Gracia, Córdoba. Obtuvo becas de la Fundación Antorchas y de la UNC. Ha sido invitada y seleccionada en diferentes eventos dentro y fuera del país. Desde 2009 idea y dirige junto a Carolina Senmartin El parpadeo taller de videoarte.