Nada separa: nada se para

Texto por César A. Mba Abogo
Video por Pascual Nvo Mituy Mikue

A Lola Aponte

Tengo una amiga que es como un sueño, está llena de veredas y centauros. Mi amiga es hija de Elegua y su función son los caminos, pero por culpa de una receta del tiempo que atenta contra sus retos poéticos, Anaís vive desde hace unos meses abarricada en ella misma con todos sus gérmenes literarios.

Anaís es de San Juan, Puerto Rico, una isla del Caribe en la que los niños aprenden en la escuela un poema que habla de la danza negra de una isla que flota en el Atlántico como una brizna de hierba. Esa isla se llama Fernando Poo y se encuentra en la Costa de Guinea, una de las tierras ancestrales del Caribe Todo-Mundo. Pero Fernando Poo ya no existe, hace cuatro décadas partió rumbo al lugar en el que se hunden de golpe los mares de la historia. El lugar de Fernando Poo lo ha ocupado su hermano Bioko; y Santa Isabel, la húngara que reinaba en el corazón del navegante, ha cedido su corona de carne y hueso al Calibán que nunca dejó de presentar resistencia a la embarcada colonial: Malabo.

La primera vez que Anaís me pidió que le describiera Malabo, escribí: “Alrededor de Malabo se siente la furiosa simiente de una jungla que desde las alturas, a bordo de una tortuga de cielo, parece una alfombra verdecita que invita al último salto. En Malabo, el mar acecha pero apenas se nota, carretera adentro, agonizan dinastías y cosmogonías…” Eso fue hace mucho tiempo, todavía no habíamos ordenado todos nuestros silencios. Anaís estaba aprendiendo a coser con mi nombre y yo empezaba a entrever las cien mil vidas que caben en una sola vida.

Como respuesta a aquel mail me llegó un caldero de estrellas, viento y porcelana de viento. A cambio de lo que ella bautizó como un gran sombrero de miel, Anaís me dio uno de sus montes, me convertí en la ausencia en la que ella colgaba sus prendas íntimas. Así fue como descubrí el rostro de Anaís, sentí su cabeza en mi hombro y su respiración en mi cuello, hablamos de la playa como la orilla del mar y de la tierra, del rostro del mundo como un espejo hecho de suspiros de marineros y sirenas. Aquella fue la primera vez que Anaís me dijo:

—Nada separa. Nada se para.

Mientras se pinta las uñas de azul, con la garganta tensada por el frío amargo de la cerveza exacta, Anaís me pide un día más que le hable de Malabo, antes hemos hablado de la cantidad de estrellas que tiene el cielo. Recibo la correspondencia de sus ojos y la veo venir despacio. Digo:
—Malabo es un valle de arrebatos divinos en el que la púrpura pura cede frente al estallido de la pólvora y las razas de los espejos. Por las calles de Malabo fluye el mercurio de las subversiones y los mensajeros póstumos de las cenizas del tic-tac de la conquista fallida del espacio y el tiempo. Cábala muerta, plagas del amanecer, playas de arenas negras que preludian un país nuevo del fin del mundo, la vida que comienza y avanza sobre carreteras como estuches de barro que abren los labios y se visten de oro y pena al anochecer…

Anaís suspira como una princesa sentada en su balcón mirando al horizonte mientras las olas se estrellan contra los muros de su fortaleza. Y yo no soy la luz sino la lámpara que enciende las luces de su espalda, y nuestros ojos se enlazan en un pacto de ternura. Y sigo diciendo:
—Malabo es el faro de un país que se debate entre las raíces del ayer y la hélice de hoy. Malabo es una Ciudad Remordida, una Ciudad Heroica, una Ciudad de amor con mosquitos, una Ciudad de maquillaje sin orden, una Ciudad de aceras que riman con lluvias universales, una Ciudad de Dioses fuera de cobertura…

Y Anaís, que ha aprendido a hablar pichi por fascículos, me dice como poniendo su mano sobre mis labios:
—¿Weti?

Siento que una llama silenciosa me crece en la espalda, en las calles de Malabo florecen relámpagos en los árboles de mango, y la lluvia conspira con los tejados para matar los sueños de los malabeños. Y sigo:
—Malabo son horizontes petroleros que arrastran la baba plateada del caracol de Clarence City y la sepia del recuerdo de Santa Isabel, una pintura sin la memoria del pintor, una ciudad-Lolita que sólo es fiel a sí misma…

Le hablo a Anaís de la longitud del reflejo de Roma de hojalata de Malabo, le hablo del beat que hincha las venas de las calles de Malabo. Yo quiero seguir hablando de Malabo, de la reconquista del mundo en el sentido contrario, de los planos ruidosos de Malabo, de las pirámides de anhelos que iluminan las favelas de Malabo… pero Anaís coge mi voz, la guarda a buen recaudo, se pone los zapatos exactos para cruzar la distancia que separa Puerto Rico de Bioko, la distancia que separa nuestros cuerpos, y luego, vencida la firme voluntad de los huesos, cuando yo ya soy un péndulo de carne sin hueso, me canta al oído su melodía.
—Malabo es una palabra que se acomoda a mi lengua como una piedrecita de azúcares que no acaba de disolverse, Malabo está en mis pezones y en la curva de mis pestañas…

Al final, Anaís me dice “te quiero”. Esas dos palabras inundan mis adentros como prosa de silicio. Pienso en la muerte que me llegará algún día como una limpia palmada sobre el hombro, pienso en esa corriente binaria (1-0) que alcanzará los confines del universo cuando los dos nos hayamos hundido en la neblina del tiempo. “Te voy a querer durante diez mil años”, le susurro al oído. Y todo es un poco como en aquella película de Wong Kar—wai que nos gusta tanto a los dos. No importa que les demos a las manecillas del tiempo hacia adelante o hacia atrás, hace tiempo decidimos darnos todo el tiempo del mundo para amarnos, aunque el amor sea sólo una carta de amor o una llamada telefónica desesperada a las cuatro de la madrugada, cuando en Malabo llueve como sólo puede llover en Malabo en octubre, y en San Juan, las nubes se ven azules, gordas y livianas.

Sobre el autor:

César A. Mba Abogo utiliza la literatura, el cine, la música y la fotografía para generar textos de convocatorias inagotables. Su Yo escritural es un transmigrado/transeúnte y, a la vez, una voz sedentaria que habita el espacio desde ángulos tradicionalmente imposibles. Los textos de César reclaman todas las tradiciones y desfronterizan pertenencias y legitimidades: son textos cosmopolitas que reclaman claves personales. Un día le publicaron un libro titulado El Porteador de Marlow (Sial, 2007), un catálogo de vidas posibles e imaginarias, luego una amiga constructora de libros le regaló dos espejos, el espejo lento y el espejo rápido, y cuando ahora le preguntan cuándo escribió aquel libro responde según el día, diciendo: “Eso sucedió hace mucho tiempo” o “Ese libro lo escribiré mañana”. Respecto a Malabo Blues (El Cobre, 2010), su libro de ahora, lo que dice es que fue en realidad el libro el que lo escribió a él.

Sobre el videasta:

Pascual Nvo Mituy Mikue, nació en Onvang Malen en el distrito de Nsok Nsomo en la provincia de Kié Ntem, en Guinea Ecuatorial, en 1983. Luego se trasladó del continente a Malabo, en la isla de Bioko, acompañado de sus padres. En 2006 adquirió sus primeros conocimientos en el mundo audiovisual, participando en el taller de Capacitación Cinematográfica del Centro Cultural de España en Malabo, así como en todos los talleres que más adelante se desarrollaron en torno al cine y la televisión. Posteriormente, participó en varios proyectos y cursos audiovisuales, adquiriendo una gran capacitación y talento en el uso de la cámara. En septiembre de 2010, obtuvo una beca del Institut Culturel d’Expression Française (ICEF) de Malabo para viajar a Camerún donde participó en la Residencia de Escritura Documental (África Doc Camerún) proyecto financiado por el Goethe Institut y el CCEF de Yaundé. Actualmente, ejerce de operador de cámara en el programa “Malabeando” dependiente del Centro Cultural de España en Malabo y que se emite en la Radio Televisión Guinea Ecuatorial. Además, se encuentra inmerso en nuevos proyectos con los que espera alcanzar un mayor reconocimiento profesional.