Una semilla psicodélica

Texto por Mónica Bustos
Video por Cristina Andreu Cuevas

Una semilla bajo la calzada germina e implota, calienta la tierra, la mueve, la remueve, florece invisible, indivisible, improbable, oculta; sobrevive en átomos, en moléculas mágicas, en polvo de colectivos ochentosos, sesentosos, se multiplica en el aire, da frutos y vida, mata y muere en los callejones sin salida, en las avenidas mal pavimentadas, en los baches de sus miles de calles; engaña a la civilización, a la urbanización, tapando los senderos de tierra roja que explotan, y que también matan y mueren al margen de un puñado de kilómetros cuadrados, que con sus moños pop, sus carteles de vinil, sus eslabones de cadenas comerciales, sus colores brillantes de marcas registradas rellenan el vacío de los puertos marítimos ausentes, de aquellas rutas aéreas que nos pasan de largo, de aerolíneas que sólo existen en la televisión, de inversiones extranjeras, de perdones de guerra, de becas, de trabajos, de oportunidades, de la brisa del otro lado del río, del concepto de isla sin mar, de nuestros padres, hermanos, hijos, trabajando en España, en Argentina, pensando en Asunción, que distantes tus recuerdos van quedando para mí…

Los días, aunque clarísimos y luminosos, son cada vez más cortos, o las noches más largas; la Luna caza al Sol, lo persigue, lo acorrala hasta hacerlo agonizar, se refleja en las calles, en las aguas estancadas, y se adueña y se apodera de todo lo que va bañando con su luz; las estrellas caen como caen en los campos, y aún escondido el Sol continúa calentando los tejados, las paredes, los cuerpos. Los días son cada vez más cortos o los demás se despiertan cada vez más temprano, las calles nunca descansan y el ruido de los mercados atascados o de las músicas latinas se une a los caños de escape prohibidos, rotos, herrumbrados, agujereados; a la gente que trabaja veinticuatro horas, a la gente que nunca trabaja, a los chicos que sólo salen de fiesta, al sonido del vapor que escapa de los cafés, a los cubiertos que bailan en los barrios gourmet, a las escaleras mecánicas de los shoppings, a los ascensores descompuestos de las instituciones públicas, al ronroneo de los gatos callejeros, al sonido seco de los caballos huesudos desplomándose contra la calzada por no poder tirar del carro del cartonero, del basurero, del frutero, de la economía dispar, de los doscientos años de independencia nacional.

Las noches son más largas o los demás se duermen cada vez más tarde. Abundan las sillas de cable frente a los portones, las chipas, las empanadas, las motos, los muertos en accidentes de tránsito. Se multiplican los jardines bellos, las voces de los niños que van al cine con sus padres o los que piden monedas en las calles. Los edificios altos están fuera de lugar en esta ciudad, los lapachos florecen hacia arriba y hacia abajo, tapizan las veredas y colorean el viento; los hombres con camisetas de fútbol delatan que es sábado de tarde, las viejas con rosarios que es domingo y que la población es en su mayoría católica, conservadora, reservada, cerrada, anticuada.

Una semilla psicodélica que es un mundo y que no es nada, que es ciudad porque no es campo, que en su diminuta esencia representa una variedad de contradicciones, de absurdos, de intenciones de desarrollo, de pequeñas glorias, de íntimas satisfacciones. Una ciudad a escala de otra más grande. Souvenir de un continente. Maqueta de una idea. Sueño lúcido de hormigas, de humanos. Humanos, hormigas. Hermanos.

Sobre la autora:

Mónica Bustos (Asunción, 1984) publicó en forma independiente la novela León Muerto y el libro de cuentos Complejo de Bustos en el 2003 y 2004, respectivamente. Obtuvo el Premio Dr. Jorge Ritter 2008 por su cuento “Camas Calientes”. Fue incluida en la antología de relatos Comboio com Asas (2008), edición de Funchal 500 años, Portugal. En el 2010 es elegida junto a otros 39 artistas de toda Iberoamérica para participar del programa de Residencias Artísticas en la Ciudad de México y de la Tercera Muestra de Arte Iberoamericano, y en este mismo año recibe el I Premio de Novela Augusto Roa Bastos, Alfaguara, por su novela Chico Bizarro y las Moscas.

Sobre la videasta:

Cristina Andreu Cuevas nació en Casablanca (Marruecos) en 1960. Es española y actualmente vive en Asunción. Ha trabajado en cine como técnico. Dirigió cortos y el largometraje Brumal (nominado a los premios Goya españoles). También trabajó en distintos canales de televisión, como Canal+, dirigiendo documentales sobre cine, arte, actualidad o en programas en directo. Es secretaria de la asociación CIMA (www.cimamujerescineastas.es) que busca la paridad en las políticas audiovisuales y para la cual organizó en mayo de 2010 el II Encuentro Internacional Europeo en Santiago de Compostela.